De paradigmas: espacio público, poder y acción

Aura Cruz Aburto

Maestra en Diseño Industrial por la UNAM, se especializa en Teoría e Historia, con énfasis en el entorno habitable y en las prácticas de resistencia de la sociedad civil. Asimismo, es arquitecta por el Tec de Monterrey y cuenta con estudios en filosofía por la UNAM.

 

En tiempos recientes parecen proliferar en la Ciudad de México los concursos en torno a un término –ojalá fuera concepto– denominado “espacio público”.  Muchos de los planteamientos de estos concursos, de ser analizados con detenimiento, develan una serie de paradigmas que explican el crecimiento de una ciudad que, lejos de pensarse como un asunto de planeación sincrónica como diacrónica, se ha compuesto de grandes intervenciones de arquitectura en gigantismo, solo sincronicidad estanca.

 

Pero, ¿qué quiero decir con gigantismo? Con esta palabra refiero a una comprensión estática y objetual de lo que debería ser entendido al mismo tiempo como una intervención espacial-física, como también el engranaje de diversos procesos sociales que se desencadenan a lo largo del tiempo. Pareciera que la formación arquitectónica excesivamente centrada en el espectro de lo visible, olvida las acciones que en realidad animan a la gran piedra inerte que es la ciudad cuando carece de sucesos, intercambios, coincidencias, así como desencuentros, disidencia y negociación. En la formulación misma de las convocatorias se verifica lo anterior cuando se presenta una pormenorizada información visual, técnica, inmobiliaria, económica, quizá, inclusive, en el mejor de los casos, histórica, pero la reflexión etnográfica, la investigación cualitativa de los procesos sociales que son fuente y expresión de la innovación ciudadana como potencial y ejercicio presente, brilla por su ausencia. Aunque es loable que la posibilidad de transformar, gestionar y orientar a nuestra ciudad se abra a la generación de ideas, considero sumamente necesario observar que la urbe que resulta de estas convocatorias de alguna manera ya está signada por el propio planteamiento del concurso. El potencial creativo de los saberes que no se validan por quienes detentan poder de decisión ya sea por su poder económico, ya como por poder político, no se tocan y por tanto, no se aprovechan, existe una especie de conato de epistemicidio o al menos de ignorancia de la inteligencia colectiva. Asimismo, las bases sociales se sienten poco identificadas con los proyectos, aunque en efecto los disfruten como se disfruta un parque de diversiones –parece muchas veces que estos espacios solo entienden el destino del espacio público para el paseo o para el deporte, dejando del lado el aprendizaje callejero y la posibilidad de generar espacios de encuentro político, foros democráticos. Pareciera que el proyecto al que responde esta estructuración del espacio público persiguiese formar consumidores de espacio abierto bien entretenidos, que estén alegres entre globos y patinetas, pero que estén lejos de sentarse a pensar, a debatir y a acordar el destino de la vida pública de su país.

 

De esta manera, ¿qué podríamos decir de la gestión pública actual en torno a la oferta y demanda de ideas para la modelación contemporánea de la ciudad a través de los concursos? Creo que practicar la crítica, que sin duda es sana y es la condición de posibilidad para el desarrollo de una sociedad inteligente y autónoma, representa una gran oportunidad de poner en crisis los abordajes tradicionales de la práctica de una disciplina que se embelesa de manera autocomplaciente con su propia imagen. También se puede tratar de revelar el proyecto de nación, o al menos de ciudad que se trasluce por medio de estas convocatorias para tratar fragmentos: estamos aparentemente buscando embellecer una ciudad central, olvidando territorios invisibilizados porque están muy lejanos y fuera del imaginario gentrificador. Hacer de la ciudad central un tejido urbano de alta calidad es algo positivo, sin embargo, si esto implica un costo de la tierra inaccesible para los más, incluso para los  pobladores originarios, es sumamente cuestionable su vocación inclusiva. Por ello, más que concluir este texto, abro el diálogo y la discusión a través de él: detonemos conversaciones que nos movilicen.

 

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