Hábitat III: buenos deseos, realidades distantes

Dr. Leonardo Martínez Flores, octubre 2016

Esta semana se ha llevado a cabo en Quito, Ecuador, la Tercera Conferencia Internacional sobre Vivienda y Desarrollo Urbano Sostenible, Hábitat III, con el propósito de que los países participantes se comprometan a transformar sus ciudades actuales en otras que sean: “…prósperas, sustentables, inclusivas, inteligentes, eficientes e interconectadas.” Noble propósitos que sin duda obtendrían la aprobación de la mayoría de los ciudadanos de cualquiera de los países participantes, pero cuya consecución se vislumbra todavía como algo sumamente lejano.

 

Al menos en el caso de México, el camino que apunta en esa dirección se ve todavía muy cuesta arriba porque no está claro ni cómo ni cuando se podrán reunir las condiciones necesarias para dar los pasos que realmente permitan avnzar en la dirección correcta.

 

La delegación mexicana fue a presentar la nueva agenda urbana del país. Rosario Robles, la titular de la Sedatu, mantiene por su lado un discurso que asegura que tendremos ciudades más incluyentes, seguras, compactas y sustentables, y los funcionarios fueron a decir que será necesario establecer instrumentos económicos alineados con la política pública y desarrollar guías e instrumentos claros para que los municipios hagan sus planes de desarrollo urbano.

 

Al menos los buenos propósitos no escasean y el discurso se alínea con la moda internacional de promover la creación de ciudades mejor diseñadas, que ofrezcan una mejor calidad de vida para sus habitantes.

 

Hay que recordar sin embargo que la novedad no es que se abogue por crear conciencia sobre estos temas, sino que la inercia internacional que apoya este tipo de urbanismo sí ha ido creciendo en los últimos lustros.

 

Me permitiré recordar lo que el autor de esta columna comentaba en una entrega anterior. En el año de1993, hace 26 años, presenté una tesis académica que exploraba el tema de la variabilidad espacial de la productividad laboral, con la idea de identificar los factores espaciales, es decir urbanos, que inciden negativamente sobre el desempeño de las personas en la escuela y el trabajo. Las variables cruciales eran las distancias recorridas y el tiempo destinado a los trayectos cotidianos, para lo cual se documentaban los efectos negativos que dichas variables tienen sobre la salud física y emocional de las personas.

 

La fuente de inspiración era la zona metropolitana de la ciudad de México debido a los efectos provocados por los entonces ya largos y cansados trayectos cotidianos de muchísimas personas, y las conclusiones a las que llevaba el modelo matemático desarrollado para mejorar la productividad  eran muy simples: había que modificar los principios de la planeación para que la estructura urbana fuese más eficiente y mejorara la organización espacial de las actividades que la gente realiza en la ciudad. Usando las palabras de hoy, se sugería la construcción de ciudades más densas, con mayor mezcla de usos del suelo y planeadas sobre una estructura policéntrica con nodos de diferentes jerarquías.

 

Me parece un poco ocioso tener que decir que durante años las sugerencias fueron totalmente ignoradas por los funcionarios responsables del desarrollo urbano tanto a nivel federal como en la Ciudad de México. Y que el tema se pudo ir metiendo poco a poco en la agenda pública sólo desde la trinchera del medio ambiente, a contracorriente de lo que pensaban no sólo los funcionarios del desarrollo urbano, sino también los de economía y hacienda que veían estos temas como algo frívolo e innecesario.

 

La influencia internacional tuvo efectos positivos y al menos ahora tenemos una nueva ley de ordenamiento territorial (algo barroca y plagada de incongruencias, como se comentaba en la entrega anterior), pero es un comienzo que muestra que el tema concita un número cada vez mayor de intereses sociales y políticos, lo cual hay que aprovechar.

 

En ese contexto uno de los retos actuales en México es lograr un cambio paradigmático en los principios de la planeación urbana, para que las guías y los instrumentos anunciados por los funcionarios de la Sedatu para la realización de los planes de desarrollo urbano municipales no se queden en más de lo mismo, sino que incidan sobre el interior de las ciudades y generen cambios de fondo y estructurales que ayuden a reducir los enormes costos económicos, ambientales y sociales del tipo de urbanización que hemos padecido.

 

Lograr ese cambio es una manera de acercar las metas aspiracionales a la realidad del sector urbano de nuestro país, pero lo sabemos por experiencia, romper las inercias de los sectores involucrados nunca ha sido, ni lo será en esta ocasión, algo fácil de lograr. Pero no tenemos opción, seguiremos insistiendo.

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