¿Vale la pena tratar de eliminar los congestionamientos?

Dr. Leonardo Martínez Flores

Septiembre 2016

Una de las frases más comunes hoy en día, usada por la persona que llega a una reunión social o de trabajo es: “Perdón, el tráfico estaba espantoso”. No importa si estamos en Los Ángeles, en Londres, en Tokio o en la Ciudad de México, esa frase, o una variante sobre el mismo tema, ha pasado a ser parte del saludo, o en el mejor de los casos, de la disculpa habitual de muchas personas en éstas y muchas otras ciudades del mundo.

El tiempo perdido en los trayectos y congestionamientos de tránsito es un mal que le roba a las personas una cantidad muy importante de horas de vida. En la Zona Metropolitana del Valle de México, por ejemplo, una persona que trabaja o un estudiante universitario o de educación media o superior pueden destinar fácilmente más de 1,000 horas al año metidos en un medio de transporte, ya sea público o privado. No son pocas horas, equivalen a estar metido en el coche o en el microbús las 24 horas del día a lo largo de 42 días del año. Vaya manera de desperdiciar tiempo preciado para tantas otras cosas más productivas o enriquecedoras.

Pero es cierto que ni en una situación ideal el tiempo destinado a los trayectos podría reducirse a cero, sin embargo, en las ciudades o zonas metropolitanas mejor organizadas espacialmente hablando esos tiempos pueden ser, y son, bastante menores.

Los problemas de congestionamiento de tránsito no son nuevos. Recordemos por ejemplo una de las anécdotas clásicas de la movilidad urbana: en la antigua Roma la congestión de los carruajes llegó a ser tan grave que uno de los césares prohibió que éstos circularan durante el día, lo cual provocó otros males sociales en los que no habían pensado, pues la gente ya no podía dormir durante la noche debido al ruido que aquéllos causaban. Como esa, debe haber cientos de historias y anécdotas sobre las dificultades causadas por los congestionamientos vehiculares en muchas ciudades del mundo, pues es a la vez un tema añejo y de mucha actualidad.

Pero es importante contextualizar el tema de los congestionamientos, pues generalmente el verdadero problema no es el hecho en sí, como suele pensarse, sino los impactos que éstos tienen sobre algunas variables como el tiempo total que destinamos a los trayectos cotidianos. Por ejemplo, en una ciudad compacta con una mezcla adecuada de usos del suelo, el tráfico vehicular puede ser pesado en algunas horas del día, pero como las distancias son cortas el tiempo total de los traslados puede ser pequeño. Sin embargo, en una ciudad como las mexicanas, extendidas, de baja densidad poblacional y con zonificaciones ridículamente excluyentes de usos del suelo, las distancias por recorrer suelen ser más largas y por lo tanto los tiempos totales de los traslados son mayores.

Entonces aparece un concatenación que nos resulta familiar: a mayores tiempos en el tráfico más estrés, más complicaciones de salud, mayores costos de transporte y por supuesto menor productividad escolar y laboral. Además, el consumo de gasolina y diesel se dispara, no para recorrer mayores distancias, sino para mantener los motores en operación mientras los vehículos permanecen atorados en el congestionamiento. Sobra decir que la contaminación atmosférica y sus secuelas sobre la salud también empeoran significativamente.

Estas consideraciones sirven entre otras cosas para identificar los indicadores adecuados cuando se quiere medir el impacto de los congestionamientos. La visión ingenieril y la de los urbanistas tradicionales se enfoca en indicadores que miden la velocidad promedio de desplazamiento, esto es, se centran en  lo que pasa con el vehículo, cuando desde el punto de vista de la calidad de vida lo importante es lo que pasa con las personas. Y para las personas es más importante el tiempo total que destinan a los trayectos cotidianos, que la velocidad de desplazamiento.

Evidentemente la solución tiene que pasar por aspectos estructurales: la única manera de reducir los tiempos totales de traslados sin tener que eliminar totalmente los congestionamientos es reduciendo las distancias por recorrer, lo cual se logra mezclando los usos del suelo. Por eso mi insistencia, como lo he manifestado en otras entregas, que para resolver de fondo y en el largo plazo la parálisis vehicular debemos de preocuparnos más por atender la accesibilidad y menos por el término de moda, la movilidad.

Por estas y otras razones no se puede responder en automático con un estridente sí a la pregunta de si vale la pena eliminar los congestionamientos, pues hacerlo requeriría de cuantiosos recursos y los resultados serían magros si no se atienden las causas de fondo. En todo caso el objetivo de largo plazo más importante, si se quiere mejorar la calidad de vida en la ciudad, debería de ser reducir los tiempos totales que la gente destina a sus traslados cotidianos, lo cual, aparte de lo mencionado sobre los usos del suelo, sí puede requerir de medidas que ayuden a reducir el grado o la intensidad de los congestionamientos.

En varias de las encuestas y comparaciones internacionales sobre la severidad y los impactos emocionales de los congestionamientos, la Ciudad de México aparece como la peor evaluada. Seguramente lo que nos tiene hartos es el tiempo que nos roban los trayectos cotidianos, no tanto la velocidad promedio.

 

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